De la Constitución del 78 y el borrado de la Historia. Reactualización de trayectorias militantes en el 15M (Parte III)

Este tercer fragmento aborda, específicamente, las condiciones en las que se desarrollaron las posibilidades de reactualización de trayectorias militantes en el 15M. Ir a la parte II

Fragmento (III). Relación con el proceso 15M: una nueva generación política

Sus posturas respecto de la participación en el 15M son divergentes pese a encontrarse en unas condiciones más o menos semejantes y favorables para la movilización. Julia es desempleada de larga duración a la espera de la jubilación (empleada en comercio por más de 35 años) y alumna de estudios para adultos. Está casada, sus hijos son adultos y no tiene a su cuidado familiar alguno, aunque sí responsabilidades en las tareas reproductivas del hogar. Alberto es estudiante universitario sin cargas familiares, soltero. Mantiene un estilo de vida bastante bohemio, asiduo a las actividades políticas y lúdicas de los movimientos sociales de la ciudad y con mucha interacción social en espacios juveniles (tanto en la universidad como en la vida política asociativa). Óscar es cantautor y poeta, trabaja esporádicamente en intervención social (empleo estacional ligado a proyectos y subvenciones públicas). Está casado y tampoco tiene cargas familiares aunque, afirma, tiene mucho trabajo en casa componiendo y escribiendo.

Mientras Julia participó solo en las movilizaciones, una vez la antipolítica y el antisindicalismo inicial se hubieron relajado, e incrementó su participación tras la llegada del PP al Gobierno (pasando, pues, de observadora pura a observadora participante); Óscar acudió a las asambleas desde los primeros días presentándose como perteneciente a DRY y publicitó la convocatoria a través de la página web de un colectivo de artistas al que pertenece. Sin embargo, en su entusiasta relato se entrevera, constantemente, una participación en el sujeto político del 15M inestable, participa en la lucha (como observador participante) aunque afirma: “Esta lucha no es nuestra, sino de los que son jóvenes ahora”:

Mi participación nunca ha sido al cien por cien ¿eh? ¿Por qué? Pues bueno, porque tengo muy poco tiempo, porque también en un primer momento pensé que era un movimiento juvenil fundamentalmente. Mucha gente de nuestra edad pensamos que era una cosa de jóvenes y que había que dejarles a los jóvenes que la hicieran ellos. Después, intervine en una asamblea y me dijo uno de esos jóvenes, porque yo dije: -es que tenéis que… Y él me dijo: -¿por qué dices tenéis que? ¿Por qué no te incluyes tú? Y eso me hizo ver que sí, es verdad, que no tenía por qué quedarme yo al margen, aunque yo fuera uno de los pocos que habíamos allí de mi edad. Y entonces ya empecé a incorporarme como uno más. Pero al principio sí que mi impresión fue esa ¿eh?, un movimiento de jóvenes y que correspondía a los jóvenes, a vuestra generación sacarlo adelante. […] Yo siempre he pensado que el 15M tenía que ver conmigo, pero sigo pensando que los que tiran de esto, los que son más activos, creo que tiene que ser más la gente joven. ¿Por qué? Bueno pues porque nosotros ya tenemos unas experiencias que vienen de atrás que pueden condicionar en una línea que nos es conveniente y yo considero que el 15M es una cosa completamente nueva.

Por el contrario Alberto, cuyo hijo también participó activamente pero al que apenas menciona una vez en toda la entrevista, ingresó al proceso como militante a tiempo completo ocupando un lugar muy visible en la organización del movimiento social desde las primeras semanas (además sus prácticas, análisis e intervenciones se enmarcan de manera muy pura en lo que he denominado cultura de organización de izquierda(8)). Es, de los tres, el único que ingresa completamente a las estructuras organizativas del 15M y el único que toma partido explícito en las disputas que atravesaron al proceso. De hecho, él ya había participado (aunque no por mucho tiempo y nunca convencido del todo, según relataba) en un colectivo mayoritariamente compuesto por jóvenes del que había salido tres años antes y cuyos militantes participaron activamente en la acampada. El nuevo intento de incursión de Alberto en la vida político-militante no resulta y aunque, ingresó, dice, tras la insistente invitación de algunos participantes, finalmente abandonó la organización por considerar que no existía democracia interna. No participó en la manifestación del 15 de mayo; Julia y Óscar tampoco.

De los tres, Julia es la que menor interés había prestado a la convocatoria. De hecho, cree haber escuchado alguna noticia al respecto en la radio, o el comentario de algún amigo, pero no está segura. No recibió información por correo electrónico y no era usuaria de las redes sociales.

En el caso de Alberto, algunos amigos y conocidos suyos acudieron, aún cuando relata que en su entorno social había bastante recelo ideológico respecto de la convocatoria(9). Tras el comienzo de la acampada, muchos y muchas de entre sus amistades participaron en el proceso, situación que marca una diferencia clara respecto del caso de Óscar y Julia. Pues Alberto ingresó rápidamente en las estructuras organizativas del movimiento gracias a su capital social. Óscar se planteaba tras su hijo, que fue el que le invitó y le habló de las movilizaciones -aunque al mismo tiempo él ya había conocido el comunicado y lo había firmado-. En el caso de Julia, aunque su hija también estaba participando ilusionada del proceso, lo hacía en otra ciudad. Además, su red social está sostenida en espacios más adultos e institucionales. Ella miraba con entusiasmo el proceso (también con recelo por el frecuente tono antipolítico), pero no se sentía agente parte del sujeto político del 15M: “¿Qué va a hacer alguien como yo en la plaza?… Como no vaya a contar mis batallitas”.

El estilo de vida (estudiante que sobrevive escasamente con ingresos de ayudas estatales y con un hijo ya en edad adulta) posibilitó a Alberto invertir todo el tiempo del día en participar en la vida de la acampada y en el cuadro movilizador tras la desacampada. Su única preocupación eran dos exámenes que tenía que rendir en la universidad en el mes de julio. Así, esta disposición absoluta para con la vida del movimiento, junto con su experiencia político-militante y capital social, le posibilitó alcanzar en pocos días mucho prestigio en la asamblea y en la acampada. Ingresó rápidamente a comisiones que estaban compuestas en gran medida por participantes con largas trayectorias militantes (aunque mucho más jóvenes que él) y donde se concentró buena parte del interés en las retraducciones políticas de las decisiones logísticas. Primero en la comisión encargada de las relaciones con la prensa y en la de las movilizaciones; y después en la comisión de laboral y en Stop-desahucios. Además, algo realmente infrecuente en personas de su edad, participó activamente en la acampada(10): pernoctó, comió y formó parte del día a día del campamento. Sin duda la socialización en espacios contraculturales y jóvenes de Alberto hicieron que para él participar de la vida del campamento fuese algo familiar, natural, sencillo. De solo imaginarse durmiendo en la plaza Julia se sonrió antes de negar con la cabeza: “para esas cosas sí que no estoy ya”; para Óscar, sin resultar tan ajeno, fue abrumador.

Pero al mismo tiempo el estilo, o la cultura desde la que Alberto articulaba su participación (la de la organización de izquierda en un polo bastante purista), su dificultad para manejarse en los entresijos de las relaciones afectivas y su actitud agonística le llevaron a ser considerado por muchas y muchos participantes como una persona impositiva y dogmática. Aún y todo, los espacios organizativos del movimiento 15M fueron buenos lugares donde poner en circulación (recibiendo mucha aprobación y admiración) todo el capital político y cultural (Bourdieu, 2000b: 136-148) que acumulaba. Un lugar donde se le valoraba por saber lo que sabía y donde la gente lo escuchaba con interés.

[Quería preguntarte más concretamente por la acampada. Dices que cuando sabes que ha sido desalojada la plaza acudes…]

Sí, al día siguiente. El 18.

[¿Y? A partir de ahí…]

Me encuentro con que la mayoría, ya lo sabía, eran amigos y compañeros de lucha de aquí. Y… me encontré con 200 o 300 personas, de las cuales, la base fundamental de la acampada del primer día, era gente muy relacionada con los movimientos sociales críticos.

[Y, ¿te quedaste a dormir? ¿Estuviste participando, durmiendo?]

Sí, ya me quedé ahí a dormir durante dos semanas. Hasta que me di cuenta de que si quería rendir tenía que ir a dormir a casa.

[¿Cómo compatibilizabas la vida con la acampada?]

Pues yo en aquel momento estaba pendiente de los exámenes de julio. Solamente tenía dos asignaturas. Entonces tenía mucho tiempo libre…

[Y estuviste metido ahí todo el tiempo…]

Metido a tope. O sea, veinticuatro horas al día.

[Y, ¿en qué comisión participaste?]

La primera en la que participé fue en legal. Y en movilizaciones.

[¿En el punto que había ahí en “legal”?]

Sí. Me venía gente y me decía: -Oye Alberto que aquí hay una gente que quiere saber…

[Y desde la acampada hasta ahora… En todo este tiempo tu participación ¿ha ido cambiando?] [Niega con la cabeza mientras estoy diciendo lo anterior. Insisto acto seguido.] [¿La euforia de los primeros días se mantiene a lo largo del tiempo? ¿Ha habido momentos donde te han dado ganas de dejarlo?]

No. Nunca.

[Nunca te han dado ganas de dejarlo.]

No. Mi participación en el 15M es muy curiosa para mí mismo. Porque yo también me observo. […] Hasta la veintiuna asamblea, yo solamente tomé la palabra para leer el artículo 21 de la Constitución. [Fue] en el primer o segundo domingo. Solamente para que la gente no tuviera miedo de estar en la calle sin haber pedido permiso.

Alberto es una de tantas personas (de diversas edades y variadas trayectorias) con disposiciones incorporadas para la acción política y militante pero sin espacio en el abanico de organizaciones posibles en las que participar que encontró en el 15M un lugar en el que concretar su ideal de espacio de participación. Sin embargo, no lo fue del mismo modo ni para Julia, ni para Óscar. Sus trayectorias, aunque resuenen enormemente, como planteé más arriba, sobre el momento y las razones de la ruptura militante, sobre la participación distanciada y sin responsabilidades orgánicas en la vida política de las siguientes tres décadas, divergen respecto a la forma en la que se concretaron distintas formas de interpretar la interpelación de este masivo proceso de participación ciudadana que fue el 15M.

Siguiendo a Moreno Pestaña (2011c), la movilización sostuvo la emergencia de una nueva generación política, la del 15M. Una generación política que, explica en la línea de Ortega, no es biológica sino que está fundada sobre unos “usos compartidos”(11)( que se reafirmaba en la afluencia nutrida de personas de edad que implicaba reconocer “[…] las virtudes de un movimiento de jóvenes, `apolítico y asindical ́ y por ende fortalecer la identidad generacional del 15-M”.

Sobre la generación histórica y política a la que se pertenece se juegan múltiples significados: se está fuera aunque se acompaña, como en el caso de Julia; se está fuera, aunque tiene sentido participar (pero se tiene miedo de interferir negativamente arrastrando vicios del pasado), el caso de Óscar; y se está dentro sin cuestionamientos, el de Alberto. Solo en el caso de éste último las resoluciones de significado y de prácticas se armonizaron completamente, pese a que receló de la convocatoria y tardó un par de semanas en tomar la palabra en la asamblea. Lo que evidencia, de un lado, el efecto posibilitador (amortiguando la autoexclusión) de unas redes de relaciones presentes en la acampada. Y de otro, derivado del primero, que puede sostenerse una noción de generación política desligándola de un parámetro ligado a la edad biológica, para articularse sobre unas formas de hacer y de entender la vida política.

El 15M, en definitiva, supuso un espacio de sentido que rebosaba juventud pero que fue capaz, al mismo tiempo, de reenganchar décadas después a algunas y algunos de quienes, siendo también jóvenes, quedaron desplazados del campo político.

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Notas

7. En el aislamiento que caracteriza el nuevo periodo vital de Alberto parece residir una de las claves para comprender por qué no participó en el proceso de resituación de la LCR en los movimientos sociales. No debe perderse de vista, además, que las diversas concreciones de procesos generales suelen estar desfasadas, no contener igual fuerza ni las mismas posibilidades de reencuadre en el panorama político local.

8. Cultura de organización de izquierda hace referencia a una construcción teórica que he elaborado con la intención de poder dar cuenta las formas y modos en que la gente participa, entiende y evalúa la gestión de lo colectivo, se posiciona respecto a la diversidad, el desencuentro, la participación y ordena prioridades militantes. Elementos que interaccionan con lo ideológico y con el tipo de trayectoria militante pero que necesariamente deben investigarse de manera independiente pues atraviesan múltiples posiciones ideológicas y orígenes militantes. Son tipos ideales, por tanto no son indicadores de posiciones monolíticas, siendo que más bien suelen emerger de forma hibridada. Existen tres culturas: la de la colaboración, la de la organización de izquierda y la del voluntariado. La cultura de la organización de izquierda, en concreto, apuesta por el trabajo colectivo y por un ideal de democracia radical (más o menos horizontal dependiendo del análisis macropolítico) pero puede supeditar una buena participación en la toma de decisiones (proceso limpio, con tiempo, integrador, informado, participado) a una decisión acertada. Esto es, puede supeditar la democracia a la eficacia política. Para un desarrollo mayor de la propuesta analítica, ver Razquin (2013: 57-76).

9. Se puede ver una reconstrucción del origen sociopolítico de la convocatoria de Democracia Real Ya y de su transición hacia posiciones de izquierda en Razquin (2015).

10. Su trayectoria de participación intensa y desde dentro del sujeto político del 15M (como militante profesional) sin que la diferencia de edad respecto de la mayoría de participantes resultase incómodo o conflictivo es compartida por otras y otros participantes. Sin embargo, muy pocos y casi ninguna, pernoctó en la acampada como sí lo hiciera Alberto.

11. En este sentido, desde otras coordenadas teóricas en discusión con este planteamiento, aún cuando para Mannheim (2012 en Gerard Mauger, 2013: 132-133) una generación está definida por su situación en el devenir de la Historia, al mismo tiempo reconoce que la simultaneidad cronológica no basta para constituir posiciones generacionales afines. Bourdieu (1979 en Gerard Mauger, 2013: 134) insistirá igualmente en que no se pueden aislar las generaciones (por oposición a simples clases de edad arbitrarias); solo los cambios estructurales determinan la producción de generaciones diferentes transformando los modos de generación y determinando la organización de las biografías individuales.

 

De la Constitución del 78 y el borrado de la Historia (Parte II). La juventud antifranquista

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Fragmento II: Alberto, Julia y Óscar 

Alberto comenzó a militar a los 14 años en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y más adelante, tras su fundación, en la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). En 1973 se exilia en Francia huyendo de una condena segura de ocho años por dos causas de asociación y propaganda ilegal ante el Tribunal de Orden Público. En 1976 regresa para integrarse activamente en el proceso político.

Julia ingresó en 1972 a la Organización Revolucionaria de Trabajadores con la edad de 17 años. Lo hizo a través de una compañera de trabajo a pesar de que ya militaban en el partido muchas y muchos de sus mejores amigos, pero el secretismo impidió que lo supieran hasta tiempo después al coincidir en una asamblea clandestina. Su militancia estuvo concentrada en la acción sindical en su centro de trabajo y en la preparación y ejecución de acciones de distribución de propaganda política.

Óscar militó en el Partido de los Trabajadores de España desde 1974. Estaba estudiando en la universidad cuando ingresó y lo hizo a través del amigo de una amiga. Se dedicó al sostenimiento de la actividad cultural del partido organizando eventos, conciertos, cineclub, etc.

Las trayectorias militantes de estas tres personas arrancan enmarcadas en la clandestinidad y quedaron rotas en los primeros años de la Transición. Los tres coinciden en la crítica a la forma de gestión organizativa de “el partido” —poco democrática y con vanguardias atomizadas y desligadas de “las bases”—, aunque Alberto defiende la posibilidad de discusión y diversidad de posturas en la LCR y el papel que jugó el trotskismo internacional respecto al genocidio y la violación de derechos humanos por parte del Régimen estalinista.

El estalinismo, en el relato de Julia y de Alberto pesa mucho e indica una preocupación ligada con su participación militante, más concentrada en cuestiones políticas. No tanto en el caso de Óscar, especializado, desde el comienzo de su trayectoria militante, en los espacios culturales de la organización. Y su crítica, en esa línea, como la de muchos y muchas artistas militantes de izquierda, se sitúa en el desdén instrumentalizador que “la dirigencia” otorgaba al mundo de la producción cultural en la lucha por la transformación social.

Julia, que a pesar de pertenecer a la ORT tenía muchos amigos “trotskos” con los que se sentía más cómoda ideológicamente y era lectora de El Viejo Topo, recuerda entre risas escandalizadas la respuesta cerrando las que la dirigencia de su partido daba respecto de la brutalidad estalinista cuando comenzaban a divulgarse las miserias del proyecto soviético: “¡Muchos quedan por morir!”. Sin embargo, estas son reflexiones elaboradas y reforzadas desde el presente. En el pasado no implicaron la salida de la organización, entre otras cosas, porque son posiciones políticas revisadas a la luz de múltiple información inaccesible en ese momento y de otro escenario micro y macropolítico. En el caso de Julia, un agrio viaje a Yugoslavia en 1978 marcará el relato autobiográfico volviéndose una experiencia recurrente en su propia composición de sentido sobre la necesidad de superar dos elementos que en su propio relato acontecen como indisolubles: varios elementos estructurales del proyecto político (de manera especial la dictadura del proletariado) y el tipo de organización (hiperjerarquizada y sectarizada) que se ve como un reflejo del tipo de cultura de gobernanza estalinista. Sin embargo, en el momento no implicó una “salida” de la organización.

Tampoco en el caso de Óscar. De hecho, siguiendo la clásica trilogía de Hirschman (1970), exit, voice, loyalty, tanto Alberto, como Óscar o Julia no abandonaron su organización porque estuvieran en desacuerdo con las tesis o estrategias políticas desarrolladas. Aunque había multitud de elementos que ya entonces les rechinaban, tampoco tenían autoridad ni libertad para levantar la “voz” y tratar de transformarlas, pues hablamos de unas organizaciones sostenidas sobre enormes distancias entre las bases y la dirigencia, conformadas, además, bajo las estrechas condiciones para la participación que deja el secretismo y el cierre comunitario propio de la clandestinidad.

Aún cuando Óscar y Julia insisten en que el ingreso en un partido concreto formaba parte de la arbitrariedad de la casualidad de entre el abanico de posibilidades que las redes sociales en las que estaban inscritos les permitieron. No era producto (al contrario del relato de Alberto) de una opción razonada a la luz de la coherencia ideológica, ya que el secretismo impedía por completo tener información del abanico de organizaciones y grupúsculos que habitaban el rico espacio político clandestino.

Yo [Óscar] formaba parte de un partido político porque en aquella época o formabas parte de un partido político o no te enterabas de nada. La única manera de luchar era integrándote en algo. Y como yo digo, yo terminé siendo marxista leninista pensamiento Mao Tse Tung porque era el que tenía más cerca. Fue el que conectó conmigo. Nosotros entonces no podíamos decir: -yo ¿qué soy? Porque no teníamos claras las opciones políticas. No podíamos leer de todas las opciones, ni salían en la prensa, ni en la televisión. A mí me tocó que tenía un conocido… tenía una amiga que tenía un amigo. El amigo vino a darnos una charla y, entonces, me metí en ese partido. [Risa] Si hubiera venido otro… pues hubiera acabado en otro. 

El desencanto, en tanto que reelaboración, vino después. Existía también entonces, con más fuerza desde otras posiciones políticas distintas a las suyas (el mundo ácrata(4)), pero no fue el motor de su salida. Precisamente, el hecho de ir descubriendo poco a poco, a lo largo de estos treinta años las dimensiones de la brecha que les separaba de las élites políticas de sus respectivos partidos y la terrible conclusión de haber sido instrumentalizados ha ido fortaleciendo el proceso de desafección hacia sus propias organizaciones(5).

En los tres casos se mantuvieron leales a sus respectivos partidos. Hasta el final. Los tres, por su edad y posición más o menos periférica en la jerarquía organizativa, no tuvieron tiempo para consolidar una trayectoria militante antes del n de los partidos a los que pertenecían. Es más, vieron truncada una vida militante que había comenzado y se había desarrollado, con implicaciones serias para el proyecto vital, en el tiempo de la clandestinidad. Ninguno ingresó, como sí lo hicieran dirigentes y militantes más veteranos (algunos y algunas también de su edad, pero que tenían responsabilidades de dirigencia en la organización, según relatan Julia y Óscar) en otros partidos receptores de militancia: el PSOE fundamentalemente y otras pequeñas coaliciones con incidencia regional que se fueron formando. Las palabras de Julia condensan bien el relato de ruptura y desamparo, que los tres comparten, tras la desaparición del partido: “nos quedamos huérfanos”. La narración de Alberto ahonda en la situación:

[Y cuando vuelves a España… ahí vuelves a encontrar a tus compañeros de la LCR…]

[…] Cuando yo volví en el 76 quedaban restos de la LCR, mis amigos. ¿Qué es lo primero que hice?: volver a reunirlos. Al cabo de un año éramos más de cien personas. Fue todo una vorágine la Transición, en ese tiempo todo iba muy deprisa. Al cabo de un año llegaron las primeras elecciones, yo volví en mayo del 76, seis meses después de morir Franco. Fueron tres años de una vida política súper intensa. Creamos… Yo monté varias asociaciones de vecinos en colaboración con otros partidos en el barrio donde yo vivía y en otros. Creamos una federación de asociaciones de vecinos, asociaciones de expresos políticos… Lo que pasa es que las elecciones dejaron a un lado a partidos a partir de las primeras elecciones y luego de las segundas en el 79. Yo fui candidato en las primeras elecciones municipales. Fui cabeza de lista en Alicante por la LCR-ETAVI, nos legalizaron con ese nombre. […] Después de las elecciones municipales entendí que ya estaba todo el pescado vendido. Se había conseguido una nueva legitimidad en la cual todos aquellos partidos que no habían logrado representación institucional dejaron de existir. […] Tampoco esperábamos que el PCE aceptara lo que el franquismo le ofrecía. […] Y eso también fue un palo para alguna gente de la izquierda. […] En fin, digamos que eso creó una desilusión política, sí que es cierto. De hecho, desaparecieron todos los grupos de extrema izquierda. 

[Saliste de candidato en la lista…] […] [Y… ¿tú qué haces? Tu militancia cómo…]

[…] Yo personalmente entré en una crisis política personal. En mi inocencia política iniciada a los catorce años, yo entonces tenía 24 o 25… Me lo replantee todo. […] Me fui a la montaña.

Respecto a la lectura de la situación, Alberto y Óscar coinciden en señalar a la legislación (el sistema de reparto D’Hondt(6) fundamentalmente) como responsable del fracaso electoral. En el caso de Alberto, además, como se ha visto, hay una marcada crítica a lo que interpreta como una clara traición por parte del PCE y del PSOE. Sin embargo, Julia afirmó tajantemente al ser preguntada:

¿La Ley electoral? Pero si nos votó nadie… llenábamos los pabellones en los mítines, pero luego la gente no nos votó. Asumimos la derrota y se bajó la persiana. Quien no se metió a otros partidos que se formaron después, que luego se fueron al PSOE… Cuando el partido desapareció nos quedamos huérfanos. 

En estos casi treinta años, los tres se siguieron interesando por el mundo de la política y continuaron acudiendo a movilizaciones, secundando huelgas o coreando consignas en diversas manifestaciones. Sin embargo, existen diferencias en la concreción práctica de su retirada de la militancia organizada.

Mientras Julia ejerció en sus últimos años de militancia (hace más de veinticinco) como sindicalista del comité de empresa en las Comisiones Obreras, se retiró en los primeros años de vida de sus hijos tras agotar un mandato; Óscar declinó su participación política dedicándose al mundo del arte y la ecología. Por su parte, Alberto pasó más de veinte años retirado en la montaña dedicado a la introspección y la búsqueda de sí mismo(7), algo que también caracterizó la trayectoria de muchos y muchas jóvenes de la Transición tras la internacionalización del movimiento hippie. Al volver a la vida urbana en 2005 para terminar sus estudios en la Facultad de Ciencias Políticas de la ciudad en cuestión, contactó y finalmente ingresó por un breve periodo de tiempo en un colectivo que terminaría formando parte de lo que hoy es Izquierda Anticapitalista.

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Notas

4. Ver la reconstrucción crítica de Amorós (2014). En el marco de una narración en tono autobiográfico y desde el mundo de la producción cultural, puede verse también Ribas (2007).

5. Julia relata, por ejemplo, el relajo del secretismo en determinadas reuniones a propósito, cuando no di- rectamente chivatazos, para facilitar detenciones masivas como parte de estrategias de visibilización política de la dirigencia de la organización desconocidas, hasta varios años después, por quienes las padecieron.

6. Sobre los problemas representación de los partidos minoritarios por efecto de la Ley Electoral, así como sobre el contexto sociopolítico en la que se gesta, ver el trabajo de Richard Gunther (1989: 77-101).

7. En el aislamiento que caracteriza el nuevo periodo vital de Alberto parece residir una de las claves para comprender por qué no participó en el proceso de resituación de la LCR en los movimientos sociales. No debe perderse de vista, además, que las diversas concreciones de procesos generales suelen estar desfasadas, no contener igual fuerza ni las mismas posibilidades de reencuadre en el panorama político local.

De la Constitución del 78 y el borrado de la Historia (Parte I). La izquierda radical en la Transición

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A 37 años de la proclamación de la vigente Constitución española —esa que había nacido para simbolizar el pacto por un Estado democrático, pero bajo la que se ha desarrollado, no obstante, una dinámica de punto final—, podemos observar con nitidez la consolidación, en la forma de versión oficializada, de una visión edulcorada, legitimista y simplificada del momento político que la vio nacer. Manteniendo además el masculino singular, en armonía con la reinterpretación que hace siempre la doxa patriarcal: la historia no la hacen los pueblos, hombres y mujeres organizadas, sino prohombres extraordinarios. Un relato que incluye en la versión mitificada a más o menos actores, según concreciones especificadas del relato oficial, pudiendo llegar, incluso, hasta a Fraga; pero que excluye, borrando de la historia política, a multitud de agentes colectivos que participaron de manera decidida y concisa en la lucha antifranquista. Se ha hecho desaparecer de la historia de la democracia del Estado español a toda la izquierda radical.

Las razones parecen claras: buena parte del rico mundo político y cultural de los últimos años de la dictadura no fue capaz de reubicarse con éxito en la transformación del campo político (en especial el polo izquierdo) en la salida de la dictadura franquista hacia la monarquía parlamentaria. Porque el sistema de concurrencia electoral que sostendría la nueva legitimidad política no solo iba a organizar el reparto de poder en la gestión del Estado, sino que iba a imponer su violencia simbólica deslegitimando, obviando o negando aquello que no sucede o se representa en las Cámaras.

En las antípodas del relato oficial (ese que todo el mundo conoce, incluso vagamente) la vida política del antifranquismo fue extremadamente rica y plural; desde los partidos marxistas revolucionarios y el mundo ácrata o libertario al incipiente feminismo, ecologismo y antimilitarismo.

Aquí dejo el primero de tres fragmentos y el enlace para el texto completo del análisis que he realizado sobre este asunto en un artículo que he publicado en la Revista Crítica de Ciencias Sociales Encrucijadas donde estudio las trayectorias militantes de quienes fueron jóvenes luchando contra la dictadura franquista. En concreto, las formas de continuidad militante (sobre unas trayectorias que se rompieron en la desparición de sus partidos políticos en esa transformación del campo político) que permitió el movimiento 15M

Fragmento I. La izquierda radical en la Transición: un breve mapeo

En el año 1956 comenzaba una nueva oposición al régimen franquista, diferente a la de la Guerra Civil, que emergía desde dentro del país y que contó con el movimiento estudiantil y obrero como principales sostenedores (incluyendo el caso especial del País Vasco y Navarra) (Maravall, 1978: 28 en Laíz, 1995: 33). Las protestas de estudiantes de la Universidad de Madrid contra el falangista Sindicato Español Universitario (SEU), entre enero y febrero de ese año, cristalizaron en un manifiesto que llamaba a un Congreso Nacional de Estudiantes que incorporara una estructura representativa con plenas garantías democráticas (Ob. cit.: 31). Seis días después, el jefe del SEU, Jesús Gay suspendió el proceso electoral en curso y los acontecimientos desembocaron en la celebración de la primera manifestación desde el final de la Guerra Civil. Al mismo tiempo, en las protestas, se crea un Comité de Coordinación Universitaria que actuará en la huelga de 1959. En el mundo del trabajo la conflictividad social iba en aumento, de manera significativa en el País Vasco y Cataluña y, de nuevo, se sostuvieron las huelgas más significativas desde el final de la guerra. Por su parte el PSOE y el PCE, desde el exilio, están intentando reorganizar los partidos al interior del país. En 1957 se constituye el Frente de Liberación Popular (FELIPE).

Entre 1956 y 1957 comienza un proceso de evolución en algunos sectores de la iglesia católica que forman grupos de acción apostólica comenzando a participar en las acciones y movilizaciones obreras. Y desde el mundo abertzale, Ekin, que se venía formando desde 1952, se une con un sector saliente de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco, Euzko Gaztedi Indarra (EGIN) para constituir Euskadi Ta Askatasuna (ETA) en 1959 (Op. cit.: 30-36).

Hasta el año 1962 se desarrolla un ciclo intermitente de movilización. A partir de entonces comienzan a formarse diferentes organizaciones que desarrollan una amplia actividad hasta 1969 (el grupo Comunismo, las Comisiones Obreras o los Sindicatos Democráticos de Estudiantes, por ejemplo). Se recrudece la represión precipitando colapsos y crisis en diversos movimientos y la evolución hacia formas más clandestinas.

A partir del año 1970, en este contexto, se concreta siguiendo a Laíz (1995: 36, 69- 75, 87-94), la explosión de multitud de partidos políticos de corte marxista-leninista con una forma organizativa de matriz bolchevique(1) desde una triple matriz de procedencia: a) nacionalista, b) católica y c) comunista.

a) En el primer grupo se encontrarían diversas escisiones de ETA, entre 1966 y 1970, propiciadas por sectores que apuestan por supeditar el discurso nacionalista a la lucha de clases, (ETA-Berri, algunos sectores de ETA-VI Asamblea) y de EKIN que formarán parte del Movimiento Comunista de España (MCE, luego MC) fundado en 1972 por la fusión del Movimiento Comunista Vasco (MCV) y la Organización Comunista de Zaragoza.

b) En el segundo se encuentra la Acción Sindical de Trabajadores (AST) que funcionó desde 1964 hasta 1969 y de la que nacerá la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) en 1970. También del Frente de Liberación Popular, de la que había nacido el grupo Comunismo en 1969 y que dará lugar, en 1971, a la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Y su concreción catalana, el Front Obrer de Catalunya (FOC), de donde nacieron los Círculos Obreros Comunistas (COC) que en 1974 pusieron la estructura para constituir en la confluencia con más actores la Organización de Izquierda Comunista (OIC).

c) Por último, en el tercer grupo, se encuentran distintas escisiones del PCE producto de la inquietud y el descontento con la nueva política impulsada por Jruschev de distensión y cohexistencia pacífica; que habría arrancado en 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, con el famoso Informe Secreto.

Esta nueva orientación política con la que el PCE permaneció alineado implicaba, fundamentalmente, la condena política a Stalin y la apertura a concreciones de Estados socialistas en occidente mediante la concurrencia a las elecciones parlamentarias con partidos de masas, desplazando, por tanto, a la “dictadura del proletariado” como vía directa y única(2). Por otro lado, los procesos revolucionarios asiáticos comienzan a emerger como referente autónomo respecto de una Unión Soviética que va perdiendo la hegemonía. A partir de 1959 se agudizan las divergencias y tensiones de la URSS con la República Popular China hasta que en 1962 se produce la ruptura total con la salida de los expertos soviéticos. Para el comunismo que comienza a emerger de manera paralela al PCE y para la disidencia en el mismo, el modelo chino (y el vietnamita de manera más reducida), las experiencias norteafricanas y las latinoamericanas concretarán el proyecto revolucionario en el siglo XX, del que la Unión Soviética se alejaba (Laíz, 1995: 69-71).

Las escisiones del PCE se sucedieron a partir de 1964 y los nuevos partidos que se van creando están compuestos tanto por militantes exiliados como por bases obreras y estudiantes. El primero en formarse es el Partido Comunista de España (marxista-leninista), PCE (m-l), que en 1971 forma el Comité pro-FRAP y en 1974 consolida el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP)(3).

A partir de nuevas escisiones entre el comunismo catalán (tanto del intelectual, obrero como estudiantil) se constituye en 1969 el Partido Comunista de España (internacional), PCE(i), que en 1974 pasará a llamarse Partido del Trabajo de España (PTE). Y en 1968, en Bélgica al igual que las dos anteriores, se constituye la Organización de Marxistas Leninistas Españoles (OMLE) ―que recepcionará también algunas salidas del PCE(i)―. En 1975 pasará a llamarse Partido Comunista de España (reconstituido), PCE(r), del que nacerán, en 1976, los Grupos de Resistencia Antifranquista Primero de Octubre (GRAPO) (Laíz, 1995: 76-86).

Centrándonos en los partidos con presencia en todo el Estado y dejando de lado para lo que resta del análisis a las organizaciones armadas, siguiendo los cálculos estimativos de Sans Mola (2011: 649) el nivel de afiliación del PTE, la ORT, el MC, la LCR y la OIC juntos se situaba entre 25.000 y 30.000 militantes. Sin embargo, siguiendo al autor, en 1976 comienzan a solaparse dos dinámicas. Por un lado, todos estos partidos venían orientando su estrategia política a la acción perturbadora: movilizaciones, huelgas etc., enmarcadas siempre en un proyecto finalista revolucionario en la superación de la dictadura (arrastrando un fuerte desgaste producto de la represión). Por otro, la dinámica de transición pacífica y pactada que ya venía impulsando el PCE junto con el PSUC estaba tejiendo las nuevas bases que constituirán las nuevas coordenadas en la salida de la dictadura hacia una monarquía parlamentaria. Una de las concreciones de las divergencias entre estas dos lógicas fueron las disputas entre el PCE, la ORT, el MCE o la LCR, por controlar la estrategia de acción y funcionamiento de las Comisiones Obreras, por el papel que debían jugar (Laíz, 1995: 113-140, 139-140, 146-154).

Es importante reparar que ambas dinámicas implican dos modos divergentes de fortaleza organizacional. En la primera, la fuerza de una organización que opera en la clandestinidad y con una estrategia de acción perturbadora, es directamente dependiente de la capacidad militante de la misma, de su capacidad operativa. En la segunda, la fuerza proviene, de manera directa, de la capacidad de representatividad social que tiene la organización, que se mide en la concurrencia electoral; y de manera indirecta, de la capacidad militante que tenga consiguiendo el mayor número de votos posibles.

A medida que el Gobierno de Suárez va avanzando en el proceso democratizador y el proyecto de Ley de Reforma Política se hace plausible, el principio de participación en el nuevo marco es común a todas las formaciones de la izquierda radical (con la excepción de las que intensifican su estrategia de vía armada cruenta) e incrementan la acción partidista focalizada en la distinción y la competencia entre ellas. Sin embargo, la consolidación de la lógica pactista resultó tremendamente costosa para los partidos de izquierda radical a consecuencia de sus líneas políticas revolucionarias (Laíz, 1995: 208-209).

La lentitud del ajuste a las nuevas coordenadas que ya estaban definiendo el campo político español, y en especial, el papel de la izquierda en él, facilitó su exclusión de las negociaciones entre el Gobierno y los partidos que se autoerigieron como interlocutores únicos; los legítimos portavoces de la oposición a efectos de las negociaciones. El 7 de octubre de 1976, la Izquierda Democrática Española (IDE), el Partido Socialista Popular (PSP), el PSOE y el PCE, salen de la Coordinación Democrática para formar una alianza de la que excluyen a los partidos de izquierda radical y determinan que la plataforma no es un organismo operativo para negociar con el Gobierno. El 1 de diciembre habrán constituido una comisión negociadora: sus nueve miembros pertenecen exclusivamente a estas cuatro formaciones (Laíz, 1995: 210).

Las elecciones generales de 1977 dejarán en evidencia la crisis de toda la izquierda radical en lo que vendrá a ser un proceso acelerado de marginación tanto social como política (Laíz, 1995: 296). En abril de 1977 había sido legalizado el PCE y en mayo el PSUC. Pese a las expectativas iniciales, el resto de partidos seguirán siendo ilegales hasta pasadas las elecciones. Esto les obliga a concurrir bajo siglas distintas sin tiempo de darlas a conocer. Su hundimiento se hace patente. Entre todas juntas obtienen, tan solo, el 2,93% de los votos (Sans Mola, 2011: 652). Al no obtener representación parlamentaria, todas ellas quedan fuera del proceso constituyente parlamentario. En las elecciones de 1979, pudiendo concurrir ya con sus propias siglas, se confirma el espacio marginal que ocupan en el marco electoral, tanto en las generales (con el 3,32%) como en las municipales, aún consiguiendo entre el PTE, la ORT y el MC-OIC centenares de concejales (Op. Cit., 2011: 652-653).

Finalmente, el PTE y la ORT, intentan una fusión, el Partido de los Trabajadores (PT), que resulta fallida y se disuelve en 1980. La OIC, que ya se había integrado al MC, pierde buena parte de su militancia (producto del descontento con el reacomodo ideológico que debe hacer) y la LCR arrastra una crisis que había comenzado entre 1978 y 1979 por la desorientación sobre la línea de trabajo (donde se pierden multitud de militantes) que se prolongará hasta 1980 y 1981.

Los canales de continuidad militante serán principalmente dos: a) el ingreso en las formaciones que salieron fortalecidas del proceso de transformación: el PSOE, también el PCE, CCOO y UGT. Y b) el ingreso en formaciones hermanas que trataron de reconstruirse enfocándose en ocupar los márgenes del campo político (Mathieu, 2005: 53 y Mauger, 2013: 25-31 en Razquin, 2014a), fuera de la concurrencia electoral, en el espacio de los movimientos sociales (feminismo, ecologismo, antimilitarismo), el MC y la LCR (Sans Mola, 2011: 657). Sin embargo, ambas opciones resultaron complicadas para la mayoría de militantes pues había desaparecido un mundo de militancia y densa socialización política que en el momento que salía de la clandestinidad estaba entrando en una dinámica de fuerte competencia, enemistad y cierre interno. Que dificultó enormemente, además de la creación de espacios de confluencia, la trasfusión de militantes: la reactualización de trayectorias militantes en partidos, aunque próximos, ajenos al propio.

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Notas

1. Laíz (1995: 95) plantea que las variaciones que ciertamente existen en las formas organizativas (el rechazo de la ORT a las vanguardias intelectuales y profesionales, el comunismo consejista de la OIC o la posibilidad de corrientes minoritarias en la LCR, por señalar alguna) se dan siempre en el marco de posibilidades que el modelo de organización bolchevique permite. Son adaptaciones que la propia teoría de Lenin permite.

2. El PCE concluiría la “última estación” concretando una de las vías democráticas al socialismo, el euro- comunismo, pasando de una visión instrumental de la democracia como medio de alcanzar el socialismo a valorar la democracia en sí misma, como algo indispensable para la propia existencia del socialismo (Sán- chez Rodríguez, 2001: 377). Pero fue equilibrando y dosi cando la transformación de los planteamientos: en 1960, en la línea con los planteamientos del XXII Congreso del PCUS (y justi cando la ortodoxia preci- samente sobre ello) el VI Congreso del PCE ya no habla de “dictadura del proletariado” sino de “Estado de todo el pueblo” en el marco de un sistema de pluralidad parlamentaria (Op. Cit., 2001: 370). Sin embargo, Carrillo defenderá que no se ha renunciado a la dictadura del proletariado; por el contrario, teniéndola como objetivo por ser una ampliación y desarrollo de las libertades políticas, expone (la argumentación se sitúa en el plano estratégico) que pasar a ella desde la dictadura franquista es imposible (Op. Cit., 2001: 371).

3. Igual que sucederá en el caso del PCE(r), el rechazo de la vía pací ca, legal o semilegal del PCE (la fase intermedia de democracia burguesa) y reivindicar la acción armada como vía de lucha sitúa a estas organizaciones (solo estas dos lo concretan, junto con el proceso anterior de EKIN con ETA) en disposición de constituir grupos armados paralelos (Laíz, 1995: 75).

 

La política de los movimientos sociales

el-roto-02-04-13

Retomo el diálogo desde lachusmera, después de este tiempo fuera del tiempo, con la recomendación del último número de la revista Intersticios (vol.9, nº2), que acoge un monográfico coordinado por Miguel Alhambra Delgado sobre movimientos sociales.

Bajo el título La política de los movimientos sociales están agrupados diez interesantes textos entre los que se encuentran auténticas joyas hasta ahora no traducidas al castellano: trabajos de Patrick Champagne, Luc Boltanski, Daniel Gaxie, Gérard Mauger, Lilian Mathieu u Olivier Fillieule.

Compartiendo el empeño del compañero Miguel por abrir fisuras en el espacio de las referencias teórico-metodológicas dominantes para los estudios de los movimientos sociales en nuestro contexto, celebro este gran esfuerzo de divulgación de la escuela de Pierre Bourdieu. En el amplio cuerpo de trabajos que lo componen (irreductibles ciertamente a la etiqueta con la que los designamos: existen muchos nombres propios y amplias discusiones teóricas, disensos y matices en su interior) podemos encontrar potentes herramientas metodológicas. Entre otras cosas,  para rearticular la dimensión macro y microsociológica de la vida política de los movimientos sociales; captar las continuidades, las rupturas, los contagios y colonizaciones entre el espacio partidista y el espacio de los movimientos sociales; así como establecer un marco analítico capaz de aprehender con complejidad y dinamismo las relaciones de dominación y poder político.

Hace falta seguir complejizando los marcos de aproximación intelectual contra una mirada miserabilista de la acción colectiva fuera del espacio partidista de competición electoral aún dominante, pero también frente al buensalvajismo activista.

Que se lea y discuta mucho.

Beat Attitude. Ellas fueron beats

beat attitude

Denise Levertov, Leonore Kandel, Elise Cowen, Janime Pommy Vega, Diane di Prima, Hettie Jones, Joanne Kyger, ruth weiss, Mary Norbert Körte y Anne Waldman fueron beats. Las últimas seis aún están en activo.

Beat Attitude, la antología bilingüe de Annalisa Marí Pegrum (2015, Bartleby Editores), reivindica una categorización de la beat generation que las incluya a ellas. Porque fueron beats, pero han sido invisibilizadas y exoneradas de la delimitación de una colectividad estética y política de la que indiscutiblemente formaron parte: como autoras, antologadoras o editoras.

La respuesta de Corso en una conferencia en 1994 (recogida por Brenda Knight en Women of the Beat Generation, 2004) a una interpelación que preguntaba por ellas resume el maltrato patriarcalista que sufrió este grupo de poetas y enhebra toda la antología. Primero fueron hostigadas por sus propias familias e instituciones psiquiátricas en su afán por reprimir cualquier expresión de liberación sexual, experimentación corporal y uso de drogas (incluyendo, en el caso extremo de Elise Cowen, la destrucción de la casi totalidad de la obra tras su suicidio). Después por la memoria y los estudios literarios contemporáneos, que siempre llegarán demasiado tarde a las rehabilitaciones.

Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se les sometía a tratamiento por electrochoque. En los años 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día alguien escribirá sobre ellas”.

Los trabajos son variados, una arqueología de mundos diversos. Autoras valientes, autoras contraculturales que decidieron explorar en lo prohibido de lo prohibido.

Aquí un par de mis poemas preferidos: uno de Elise Cowen y otro de Diana di Prima. Larga vida a las beats.

HEROIN                                          HEROÍNA

Head turned another way     La cabeza girada hacia el otro lado

Hands in the paper bag        Las manos en la bolsa de papel

in the drawer                                                       en el cajón

[ ]                                                   [ ]

Closing on                            Apretando

Candy                                   La golosina

NO PROBLEM PARTY POEM
first glass broken on patio no problem
forgotten sour cream for vegetable no problem
Lewis MacAdam’s tough lower jaw no problem
cops arriving to watch bellydancer no problem
plastic bags of melted ice no problem
wine on antique tablecloth no problem
scratchy stereo no problem
neighbor’s dog no problem
interviewer from Berkeley Barb no problem
absence of more beer no problem
too little dope no problem
leering Naropans no problem
cigarette butts on the altars no problem
Marilyn vomiting in planter box no problem
Phoebe renouncing love no problem
Lewis renouncing Phoebe no problem
hungry ghosts no problem
absence of children no problem
heat no problem
dark no problem
arnica scattered in nylon rug no problem
ashes in bowl of bleached bone and Juniper berries no problem
lost Satie tape no problem
loss of temper no problem
arrogance no problem
boxes of empty beer cans & wine bottles no problem
thousands of styrofoam cups no problem
Gregory Corso no problem
Allen Ginsberg no problem
Diane di Prima no problem
Anne Waldman’s veins no problem
Dick Gallup’s birthday no problem
Joanne Kyger’s peyote & rum no problem wine no problem
coca-cola no problem
getting it on in the wet grass no problem
running out of toilet paper no problem
decimation of pennyroyal no problem
destruction of hair clasp no problem
paranoia no problem
claustrophobia no problem
growing up on Brooklyn streets no problem
growing up in Tibet no problem
growing up in Chicano Texas no problem
bellydancing certainly no problem
figuring it all out no problem
giving it all up no problem
giving it all away no problem
devouring everything in sight no problem

what else in Allen’s refrigerator?
what else in Anne’s cupboard?
what do you know that you haven’t told me yet?
no problem. no problem. no problem.

staying another day no problem
getting out of town no problem
telling the truth, almost no problem
easy to stay awake
easy to go to sleep
easy to sing the blues
easy to chant sutras
what’s all the fuss about?

it decomposes – no problem
we pack it in boxes – no problem
we swallow it with water, lock it in the trunk,
make a quick getaway. NO PROBLEM.

NO PASA NADA

el primer vaso roto en el patio no pasa nada

se olvidó la crema agria para las verduras no pasa nada

la mandíbula dura de Lewis MacAdam no pasa nada

llega la pasma para ver a la bailarina del vientre no pasa nada

bolsas de plástico de hielo fundido no pasa nada

vino sobre manteles antiguos no pasa nada

disco rayado no pasa nada

el perro del vecino no pasa nada

entrevistador de Berkeley Barb no pasa nada

no hay más cerveza no pasa nada

no hay más hierba no pasa nada

habitantes de Naropa que miran de soslayo no pasa nada

colillas de cigarrillos sobre los altares no pasa nada

Marilyn vomitando en la maceta no pasa nada

Lewis renunciando a Phoebe no pasa nada

fantasmas hambrientos no pasa nada

no hay niños no pasa nada

calor no pasa nada

oscuridad no pasa nada

árnica esparcida sobre la alfombra de nailon no pasa nada

cenizas en el bol de hueso blanqueado y enebrinas no pasa nada

perder el casete de Satie no pasa nada

perder la paciencia no pasa nada

arrogancia no pasa nada

cajas de latas de cerveza vacías y botellas de vino no pasa nada

miles de vasos de polestireno no pasa nada

Gregory Corso no pasa nada

Allen Ginsberg no pasa nada

Diane di Prima no pasa nada

las venas de Anne Waldman no pasa nada

el aniversario de Dick Gallup no pasa nada

el peyote y el ron de Joanne Jyger no pasa nada vino no pasa nada

coca-cola no pasa nada

la gente follando sobre el césped mojado no pasa nada

acabar el papel higiénico no pasa nada

uso excesivo de la menta poleo no pasa nada

se rompe la horquilla no pasa nada

paranoia no pasa nada

claustrofobia no pasa nada

crecer en las calles de Brooklyn no pasa nada

crecer en el Tíbet no pasa nada

crecer en el Texas chicano no pasa nada

bailar la danza del vientre definitivamente no pasa nada

comprenderlo todo no pasa nada

desprenderse de todo no pasa nada

regalarlo todo no pasa nada

devorar hasta donde alcanza la vista no pasa nada

¿qué más hay en el refrigerador de Allen?

¿qué más hay en la despensa de Anne?

¿qué sabes tú que no me has contado todavía?

no pasa nada. no pasa nada. no pasa nada.

Pirarse de la ciudad, no pasa nada

decir la verdad, apenas pasa nada

fácil mantenerse despierto

fácil quedarse dormido

fácil cantar el blues

fácil cantar los sutras

¿por qué tanto alboroto?

se pudre – no pasa nada

lo metemos en cajas – no pasa nada

lo tragamos con algo de agua, lo encerramos en el maletero

huimos con rapidez. NO PASA NADA

Repolitizar las muertes del Mediterráneo: corredor humanitario ya #refugees welcome

refugees welcome

¿Se está resquebrajando el acostumbramiento de retina que practicamos con el genocidio del Mediterráneo? ¿Será Aylan el último niño muerto a causa del Frontex?

No, terriblemente no lo será. En el Mediterráneo o el Egeo, en este instante, otras personas (los adultos también merecen empatía humanitaria y solidaridad internacional) están arriesgando su vida. La razón es muy simple y sabida: la agencia europea Frontex está diseñada para resguardar las fronteras europeas de aquellas personas que huyendo de la guerra, el hambre, la persecución o la falta de oportunidades intenten ingresar sin unos papeles que acrediten que pueden hacerlo. Por tierra, por aire o por mar. Para ello, el Frontex cuenta con la colaboración de los llamados terceros países. Países fronterizos a la UE, gobernados por sistemas abiertamente antidemocráticos que violan sistemáticamente y sin reparos los derechos humanos más elementales; a los que se paga con proyectos de cooperación siniestramente acompasados a gigantescas inversiones empresariales.

Tenemos una UE, cuyas empresas “estrella” (esas que cotizan en los mercados internacionales y cuyos altos directivos suelen ser levantados mediáticamente como pro-hombres) son operadores en buena parte de los conflictos bélicos internacionales (a calculada buena distancia); y en cuya costa sur se turnan veraneantes aplicandose el protector solar con migrantes, desplazadas y desplazados de terribles genocidios naufragando, ahogándose; en definitiva muriendo (solo desde el año 2000 más de 23.000 personas).

La respuesta del Frontex, como agencia coordinadora de una estrategia común, parece clara; más allá del cínico humanitarismo que movilizan excepcionalmente en respuesta a la mediatización de alguna de las tragedias que acontecen en nuestro Mediterráneo todos los días. Pues entre las “técnicas disuasorias” que se emplean cotidianamente bajo la tutela del Frontex se encuentran, como es sabido, los disparos con pelotas de goma y lacrimógenos, la dejación y negación de socorro en el rescate de embarcaciones a la deriva y vallas cada vez más altas y con cada vez más cuchillas. Dicen que así evitan “un efecto llamada”. Amparándose en las más viejunas terorías migratorias, el famoso y reduccionista push-pull (el país de origen expulsa población migrante y el país de destino la atrae) pretenden convencer a la ciudadananía europea de que la estrategia represora del Frontex funciona y “protege”. Así muchos y muchas ganan elecciones, sobre todo la xenofobia.

De vez en cuando se mediatiza un caso excepcional, unas y unos cuantos se golpean el pecho y prometen, tras un lamentable regateo de cuotas… ¿qué? ¿Acoger a un número ya predefinido de desplazadas y desplazados de guerra? ¿Qué pasa con el resto? ¿De cuánta población hablamos? ¿Qué pasa con las guerras en origen? ¿Qué pasa con las que salieron huyendo de otros conflictos bélicos? ¿Qué pasa con las que saldrán mañana?

Parece que el único paréntesis en la dejación y acostumbramiento al genocidio sistemático que acontece en la frontera sur europea viene de la mano de la explotación mediática de la desgracia de la que la UE no quiere hacerse responsable. Y sí. La frontera sur europea está llena de muertas y de muertos, casi 2000 solo en lo que llevamos de año.Y sí, es responsabilidad de la UE, de quienes gobiernan y de quienes votan, respaldan y apoyan a quienes gobiernan.

Y sí, como ciudadanía europea podemos hacer mucho. Ciertamente el fin de la guerra, la injusticia y la desigualdad son claves en la desaparición de los terribles éxodos que seguiremos presenciando. Pero lo inalcanzable de una incidencia a corto plazo y de tales dimensiones en el entramado mundial capitalista y totalitario no puede ahogar cualquier expectativa de acción política. Una de las primeras tareas a las que debemos encaminarnos (además de colaborar y presionar para una ayuda humanitaria de emergencia -comida, abrigo, atención sanitaria, techo, etc.-) es repolitizar la muerte en el Mediterráneo. Devolverle la dimensión política que el morbo mediatizado le ha usurpado. Lo segundo, en consecuencia, es algo fundamental: exigir medidas permanentes, sistémicas y sistemáticas de atención humanitaria a un proceso que lejos de desaparecer se constata en aumento exponencial. Esto significa demandar a la UE que asuma de una vez por todas que el Mediterráneo es, de facto, el nodo central de un Corredor Internacional de tránsito de personas desplazadas y migradas. Supone movilizarnos para exigir a los Gobiernos europeos que este corredor sea un Corredor Humanitario Internacional que preste auxilio y que ofrezca asilo y refugio.

No hay otra salida.

El sueño naif de algunos y algunas viviendo de espaldas a una de las masacres más cruentas del siglo XXI en la puerta de casa no es posible. El Frontex está colaborando y ampliando los crímenes de lesa humanidad en tanto que, lejos de poner fin a la situación de desprotección y riesgo vital de quienes huyen de la guerra, el asedio, la persecución, etc., les agrede policialmente, además de practicar persecución, maltrato, devoluciones ilegales a terceros países y dejación de auxilio.

En la escuela aprendimos que la resaca de la Segunda Guerra Mundial marcó en la piel de Europa que mirar para otro lado también es colaborar. Que no oponerse al holocausto es colaborar con el holocausto. La memoria de los pueblos es muy frágil, ya se sabe.

El holocausto del Mediterráneo se puede evitar. Ahora es el momento de plantarse, como en Budapest. Es el momento de exigir la implementación de un Corredor Humanitario Internacional que ya llegará demasiado tarde.

No en mi nombre

#refugees welcome

Tres culturas para la toma de la palabra y una forma de exclusión radical en el movimiento 15M con continuidad en el partido político Podemos

En mi estudio socioetnográfico sobre la participación política en el 15M, especialmente, sobre la toma de la palabra en las asambleas, establecí rápidamente varias categorías analíticas. En el trascurso del nuevo ciclo político inaugurado por este gran proceso político, especialmente en el nacimiento, irrupción y estabilización del partido político Podemos, se han consolidado evidenciándose la réplica de dinámicas. Tanto aquellas que hicieron florecer la vida democrática en las plazas y como las que la axfisiaron.
En el verano de 2011 y al calor de la etnografía con observación participante que me traía entre manos, rápidamente comprendí que, al menos en mi composición de sentido (divergente, debo advertir, de las interpretaciones más mediatizadas), aquel proceso era difícilmente comprensible desde un esquema que sobredimensionaba las posiciones políticas (que si anarkos, que si trostkos, que si reformistas que si revolucionarios), se excedía en el juicio (perjudicando el análisis) e invisibilizaba lo realmente importante para comprender las posiciones, dificultades, tensiones y decisiones: las culturas de participación y las trayectorias militantes.

Desde esas coordenadas analíticas construí cuatro tipologías de participantes desarrolladas en un continuo (nunca como departamentos estancos) que permitía captar el tránsito de unas a otras. También las trayectorias militantes que se desarrollaron en el proceso, así como las condiciones de posibilidad en las que lo hicieron. Eran cuatro: militantes profesionales, militantes amateur, observadoras/observadores participantes y observadores/observadoras puras.
Al mismo tiempo, estas tipologías operaban engarzadas con tres culturas de participación (la colaboración, la organización de izquierda y el voluntariado) y una forma de exclusión radical: la sospecha.
Estas tres culturas, nacieron como pequeñas construcciones teóricas con las que dar cuenta de las formas y modos en que la gente participa, entiende y evalúa la gestión de lo colectivo, se posiciona respecto a la diversidad, el desencuentro, la participación y ordena prioridades militantes. Sin duda interaccionan con lo ideológico y con el tipo de trayectoria militante pero necesariamente deben investigarse de manera independiente pues atraviesan múltiples posiciones ideológicas y orígenes militantes. Son tipos ideales que sirven en tanto que se construyen para el análisis, pero debe quedar claro que no son indicadores de posiciones monolíticas, siendo lo más frecuente encontrarlas, en su concreción empírica, de forma hibridada.

Estas primeras teorizaciones que después quedarían perfeccionadas en mi tesis doctoral fueron amablemente publicadas con el título En la plaza se habla. Algunas claves para analizar la toma de la palabra en el 15M en un especial sobre revoluciones de la Revista Imago Crítica. Recupero parte del extenso artículo donde quedaron recogidas por primera vez. Por normativa de la Editorial Anthropos, editora de la revista, no están por el momento en la Red; gustosamente lo haré llegar a quien me lo solicite por correo electrónico.

Aquí dejo un pequeño extracto para la discusión:
[…]
TRES CULTURAS PARA LA TOMA DE LA PALABRA Y UNA FORMA DE EXCLUSIÓN RADICAL
Las culturas de participación desde las que emergen los discursos de los y las participantes de la asamblea parecen mediar las intervenciones en forma y contenido a lo largo de todo el proceso deliberativo, en la toma de decisiones y en la ejecución de los acuerdos tomados. En interacción, como decía, con otros elementos fundamentales: posición de clase, posición de género, especie de capital disponible, posibilidades de rentabilización y público al que va dirigida la intervención.
En algunos momentos la contienda por el dominio del campo discursivo y práctico (1) será vehiculada por el marco de códigos, prácticas legítimas y valores de las diferentes culturas de participación. Emergerá en forma de conflicto y derivará en discusiones, desencuentros, deserciones temporales o permanentes.

CULTURA DE LA COLABORACIÓN
En la cultura de la colaboración la acción ‒por tanto las intervenciones en la asamblea, la toma de la palabra‒ está orientada hacia la construcción de la colectividad. Una colectividad establecida sobre relaciones colaborativas en el marco de un ideal de libertad que se alcanza sacrificando ciertas capas de individualidad, haciendo posible la creación de lo colectivo. Ese sacrificio no supone la disolución o el secuestro de ciertas palabras en virtud de otras pretendidamente universalizadoras. Supone exposición, confrontación, deliberación, consenso y negociación: construcción de discursos, saberes y prácticas colectivas e inclusivas. En este proceso será imprescindible la inclusión de las minorías porque cada abstención o posicionamiento contrario a una propuesta contiene en sí mismo una parte de la verdad fundamental de la decisión que se está tomando, que la mayoría en su posición favorable está desconociendo, ignorando u obviando. Se colocará el acento en la institucionalización de fórmulas que protejan de manera imperiosa los espacios de emergencia discursiva de la duda y la oposición ‒incluyendo el veto‒ en el desarrollo deliberativo.
Al proceso inclusivo se le exigirá más o menos intensidad y exhaustividad dependiendo de la «verdad argumentativa» -en los términos de la parresia de Foucault (2)– y del grado de resonancia conflictiva de la propuesta con los mínimos comunes establecidos.
Se persigue un modelo de participación democrática muy depurada; se presta muchísima atención a la participación de todas las personas. Para ello se tratan de institucionalizar prácticas que repartan la toma de la palabra o desarrollar actividades que estén vertebradas con la población no movilizada ‒o parcialmente movilizada‒. Lo más importante es la construcción colectiva.
Se presta muchísima atención a la participación de todo el mundo y se contiene a quienes sobrepasan los límites de la convivencia cívica: nunca se puede expulsar a nadie.
Se coloca el ejercicio del diálogo por encima de cualquier otra cosa. Se cuida muchísimo el proceso y las minorías porque todo el mundo es indispensable. Se evita por todos los medios la escisión. Y para engrasar las relaciones entre las personas se proponen abrazos colectivos y aplausos cuando se ha terminado un trabajo o una asamblea apelando a la amistad y la empatía. Pues desde la perspectiva de quienes se enmarcan en esta cultura el consenso es la garantía del éxito político. Se pone en juego mucho capital emocional (saber activar emociones, explicarlas o contenerlas) y militante. Fundamentalmente aquella parte que tiene que ver con el funcionamiento interno de la organización y con la vertebración de la organización del movimiento social y el movimiento social.
Se pretende la construcción de un discurso colectivo pero se cree en el proceso de construcción como lo más valioso. Se confía ciegamente en que, si ese proceso se da de manera colectiva, tendrá éxito (3). Es una cultura de procedimientos donde lo importante es el cómo y no el qué.
Ante ciertos conflictos ideológicos o políticos, se tratan de apaciguar los ánimos enseguida. Cuando se hace patente que la discusión roza lo insolucionable ‒porque se trata de discusiones que están posicionadas en dos polos ideológicos divergentes‒, resulta como si se tratara de desviar hacia cuestiones del ámbito de las relaciones personales y grupales: alusiones personales, poca capacidad para el consenso o pocas ganas de diálogo. Es una cultura ciertamente colonizada por el mundo de lo terapéutico.
Se resguardan los tiempos para el consenso, nunca se aceptará una presión ‒con el argumento de la urgencia temporal‒ para responder a alguna convocatoria, o resolver un bache asambleario (como el que acompañó al final de la acampada) votando apresuradamente.
En esta cultura no se rechaza votar si se hace tras un proceso muy extenso de debate y enmarcado en un tema no fundamental para el movimiento (4). Se entiende que una decisión forzada ‒aquella a la que no se ha llegado mediante un rico proceso de debate, buena participación, reflexión y construcción colectiva‒ se caerá por sí sola. Los resultados serán funestos en este marco cultural pues provocará posiciones extremas, oposiciones, escisiones y deserciones.
Desde esta cultura la preocupación está en la organización, en el establecimiento de buenas relaciones y clima adecuado. También la activación y sostenimiento de todas aquellas tareas que tienen que ver con la democratización de la participación: toma de actas, moderación de asambleas, creación de materiales divulgativos, propaganda, adecuación del espacio, inclusión de los tímidos, de las despistadas y contención de la violencia.

CULTURA DE ORGANIZACIÓN DE IZQUIERDA
También es comunitarista, pues también apuesta por el trabajo colectivo y colectivizador, pero soporta mejor aquello que la cultura de la colaboración considera excesos.
A pesar de que también se apuesta por un ideal de democracia participativa no está tan depurado. Así, puede supeditar una buena participación en la toma de decisiones, por una decisión acertada; de modo que tolera mucho mejor los excesos de los liderazgos naturales, que aunque también son celebrados por la cultura de la colaboración, ésta última se encarga de revisar sistemáticamente que no pasen a ser liderazgos impuestos por capital simbólico.
Esta cultura sigue los preceptos del asamblearismo pero con menor preocupación por el reparto de la palabra. Si en un momento dado una persona realiza diez intervenciones en una asamblea de tres horas con treinta turnos de palabra (algo que desborda sobradamente los límites del reparto de la palabra) la cultura de organización de izquierda compartirá premisa con la cultura de la colaboración: esta persona está boicoteando el proceso asambleario. Ahora bien, desde la cultura de organización de izquierda existe la excepción que redime al insistente gorrón: evitar un desastre en términos políticos u organizacionales. Además, a más afinidad política, mayor permisividad.
Esta cultura, en su versión más extremista, responde con virulencia a las estrategias participativas de la cultura de la colaboración ‒por ejemplo las rondas de palabra o trabajo en grupos pequeños‒ al entender que es una pérdida de tiempo (5).
Esta cultura exige mucho más compromiso con los contenidos políticos, con los posicionamientos y alineamientos; y es la que dota de contenido político la asamblea. Contiene mucha experiencia de participación política y señala las incoherencias conceptuales. También ponen en juego mucho capital militante ‒tanto interorganizacional, como extraorganizacional‒, capital social ‒muchos contactos‒, capital político y capital emocional.
La discusión, la intriga, las alianzas (tácitas o explícitas) se entienden como parte del juego de la asamblea; como parte de lo que significa hacer política.

CULTURA DEL VOLUNTARIADO
Esta cultura comprende la participación en el proceso desde el marco del voluntariado (6). Así, son otras personas las que toman las decisiones que se acatarán, de mayor o menor gana pero sin mucha transcendencia. Desde esta cultura hay una fuerte movilización para ejecutar aquello que otras personas han pensado, debatido y diseñado. No molesta en exceso la democracia representativa (siempre que sea efectivamente representativa). No importa votar si se respetan mínimamente los procesos limpios (que incluyen ineludiblemente un buen proceso de información ‒quizá mucho debate sobra‒), siempre que la mayoría sea amplia y la votación no se reduzca a un ejercicio de sometimiento de la postura contrincante.
Desde esta cultura la participación, la implicación política, no se plantea como excesivamente transformadora.
Se hace el trabajo más devaluado, como pegar carteles, tomar acta, se participa en los foros en Internet o se llevan en las manifestaciones los carteles que otras personas han hecho (7). No se reclama por ello ni en público ni en privado. No hay gran apuesta por la cuestión colectiva ‒suele verse como un obstáculo la mayoría de las veces‒. Se enfatiza más en la línea de coordinación (puede incluso ser virtual), en el flujo de información. No hay gran preocupación por la construcción de un discurso colectivo. Generalmente esta cultura se guía por análisis del tipo coste-beneficio: cuánto esfuerzo tenemos que invertir para lograr el resultado en cuestión. Si la inversión necesaria es muy alta, la acción no tendrá sentido. Si para lograr una meta política amplia se requiere mucho esfuerzo militante dilatado en el tiempo, la meta deberá ser modificada hacia posiciones más factibles a corto plazo. Si tomar una decisión enfrasca a la asamblea en un debate tedioso y dilatado, se tratarán de activar fórmulas que agilicen la toma de decisión ‒generalmente, aplicar un sistema de votación‒. Las exigencias para establecer ese sistema de votación variarán, como explicaba antes, en función de posiciones más cercanas a la cultura de la colaboración o a la de organización de izquierda.
Esta cultura se puede identificar más fácilmente cuando la organización del movimiento social va configurándose o cuando los grupos de trabajo comienzan a especializarse; porque en ella suelen situarse aquellas que no pertenecen. Gobierna masivamente al colectivo que he denominado espectadores-participantes, pero no de manera exclusiva.

En varios momentos del proceso la oposición que plantea la cultura del voluntariado con respecto a la de la colaboración y a la de la organización de izquierdas (que comparten mucho respecto de la articulación de la práctica militante y dominan el proceso en la acampada-asamblea) se sostiene sobre la oposición herramientas movilizadoras clásicas de la izquierda extraparlamentaria versus herramientas virtuales (la pésimamente llamada «democracia 2.0»). […]

LA SOSPECHA COMO EXCLUSIÓN RADICAL
La sospecha funciona en las culturas como vía radical de exclusión asamblearia ‒en ocasiones también puede ser exclusión total del grupo‒ fundamentalmente en la cultura de la organización de izquierda y en la cultura del voluntariado (8).
Desde esta posición se tiene la idea de que los actos de las otras personas son calculados, premeditados y orientados siempre a la rentabilización para beneficio propio. Se activa junto con la Teoría de la conspiración (en la acampada recibía el nombre de conspiranoia). Está siempre el miedo a ser usados por otras personas. A ser engañados, llevados a donde no se quería ir: – «¡Nos la quieren meter!» (9).
Ante las evidencias que en algunas ocasiones desmontan el discurso de la sospecha, se emplea la voltereta argumentativa para seguir sosteniendo el discurso ya desmontado.
Quienes se posicionan constantemente en la sospecha suelen tener una participación muy intensa en ciertas causas, a la que le sigue una decepción. En ese momento es donde suele enmarcarse la argumentación de la sospecha que lleva al abandono del proceso cuando no se consigue el propósito: la expulsión de aquellos sobre los que se construyó la sospecha.
Se suelen sostener relatos que casi nadie comprende, para los que casi nadie está puesto en antecedentes, por lo que no llegan a comprenderse del todo nunca. Se sostienen grandes intrigas y batallas que acostumbran a terminar diluyéndose (pero que dejan, siempre, un reguero de deserciones). El establecimiento de la dicotomía puros/impuros introducirá en el grupo humano que compone la asamblea una posición persecutoria y destructiva.
En la sospecha se posicionan una parte de las más desprovistas de capital político, en reacción a la progresiva definición del campo político en la asamblea (que relataba más arriba).También aquellas que en el transcurso de las semanas no se insertaron en una trayectoria militante, es decir, aquellas que en los primeros días ocupaban las posiciones propias de los profanos y no llegaron a incorporar en su intensa práctica militante algunas disposiciones militantes y políticas ocupando el grupo de lo que llamaba más arriba militantes amateur. Día a día veían cómo el campo político iba definiéndose y, a medida que lo hacía, trataba de corregir lo que consideraba una deriva de la acampada, imponiendo y exigiendo una evaluación de la misma respondiendo a preguntas propias del nomos político: ¿seguía siendo la acampada una herramienta política válida?, ¿restaba fuerza movilizadora?, ¿exigía una energía excesiva su defensa?, ¿podía considerarse un triunfo de la desobediencia civil o por el contrario era producto de la entusiasta ‒pero efímera‒ buena prensa?, ¿hasta cuándo se podría sostener?, ¿será demasiado tarde cuando nos marchemos?
Para seguir participando se les exigía aquello que ellos y ellas no poseían. Porque la forma en la que se juega el juego político ‒aunque es cierto que son ejercicios de razonamiento resonantes con el mundo escolar‒ les recluía a posiciones marginales. Porque a esas preguntas no se podía responder compartiendo con la asamblea los sentimientos personales hacia la acampada, ni tampoco haciendo alarde de hombría y proclamando el individualismo en la decisión: -«¡Que cada cual haga lo que quiera! Yo me quedo hasta que me echen a hostias». La decisión era colectiva y debía tomarse en los entresijos del juego político.
A veces la sospecha se activará como resultado de un déficit de información o por la atribución errónea de los efectos a tal o cual variable. Por sobredimensionar la capacidad de ciertos agentes, o simplemente, por establecer una red de relaciones errónea.
Poco a poco quienes asisten a las asambleas, pero no forman parte de los grupos de trabajo ni de la acampada, e incluso, quienes ya han trasladado su militancia a las asambleas de barrios, facultades y pueblos, terminarán por resignar su participación en la asamblea general y pasarán a ser espectadores de la contienda entre quienes capitanean la imposición del campo político y quienes defienden el grado cero militante: estar en la acampada.

En las últimas semanas de retirada de la acampada serán muchas las personas que deserten (10). Algunas volverán tiempo más tarde, otras se movilizarán únicamente para las grandes convocatorias (nacionales o internacionales).
[…]

Estas tres culturas forman parte del universo de participación que abrió el 15M, así como de los procesos que lo impulsaron, han emergido en resonancia con él o aquellos que han recepcionado las salidas del mismo.

Siendo un error tratar de extirpar, eliminar o hacer desaparecer alguna de las tres, sí es necesario reparar en que la apertura democrática que supuso el movimiento (con una incidencia importantísima en todo el campo político) fue posible en un inestable equilibrio y contención mutua de los excesos de cada una de las tres culturas.

La cultura de la colaboración, por ejemplo, es la que permitió la apertura hacia un espacio común amplio, inclusivo y altamente democrático y sin embargo, el proceso también se volvió inoperante y peligroso (desde el punto de vista emancipatorio) cuando rozó el exceso: todas las posiciones políticas son válidas; indefinición política para no abordar las disonancias ideológicas y psicologización de los conflictos políticos.

La cultura de la organización de izquierda fue la que dotó de contenido político y capital militante al proceso, lo conectó con los procesos y redes colectivas anteriores en el marco de los movimientos sociales, permitiéndole, en definitiva, progresar y pervivir como proceso político. Pero en su versión más extrema, propició el detrimento democrático empujando al 15M hacia un cierre ideológico y organizacional e inoculó el sectarismo en el sostenimiento de disputas encarnizadas entre facciones políticas.

Por último, la cultura del voluntariado, que propició la agilización de los procesos participativos y puso en el centro de la reflexión a las y los participantes con menor disponibilidad de tiempo libre (la gran mayoría); así como las disonancias que generaba el modelo de militantes a tiempo completo, en su versión extrema, empujaba hacia la propia desaparición de los procedimientos de apertura democrática. También a la extinción del colectivo (al no existir compromiso militante) y la vida política que propició; al tiempo que apostaba por posiciones reformistas cortoplacistas que se alejaban de la propia definición de metas y objetivos del movimiento.

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NOTAS
1 En la experiencia militante la toma de la palabra (espacio discursivo) y las actividades que se realizan (espacio militante) están íntimamente relacionadas. Quienes ocupan los márgenes en el campo discursivo, suelen dedicarse a las tareas menos prestigiosas: las más rutinarias y las más invisibles. Por ejemplo la venta de merchandising, gestión de la economía del colectivo o la moderación de las asambleas una vez el proceso en las plazas dejó de estar mediatizado. Generalmente tienen que ver con la reproducción de vida del movimiento.
2 A partir de un análisis de las asambleas atenienses, Foucault establece cuatro condiciones para poder hablar en El gobierno de sí y de los otros. La tercera condición es decir la verdad: hablar sabiendo de lo que se habla [J.L. MORENO PESTAÑA, Foucault y la política. 2011b, págs. 111-115.].
3 Si lo hacemos entre todas va a estar bien. Porque lo vamos a hacer entre todas. No hay que preocuparse. Hay que confiar en las demás y en el resultado colectivo.
(Un participante en una reunión de grupos. Quinta semana.)
4 Las cuestiones fundamentales serían: reivindicaciones, posicionamientos políticos, líneas de trabajo, estructura de funcionamiento, estrategias de acción, etc.
5 Claramente porque estas estrategias de dinamización grupal tienden a institucionalizar unas formas que fomentan el reparto de la toma de palabra maniatando los liderazgos que devienen impositivos.
6 Diferencio el voluntariado de la militancia porque en el primero no se tiene una relación de compromiso familiar con la organización. Porque aunque se pertenezca a ella se toma cierta distancia con respecto a ella. Los lazos son más débiles, el compromiso puede ser inestable y los grados de responsabilidad mucho menores. El militante no se permite faltar a una asamblea porque está cansando. El voluntario sí.
La o el militante utilizará siempre la segunda persona del plural para hablar de lo que la asamblea ha decidido, hecho o equivocado.
7 Es cierto que cuando una o un militante muy comprometida o comprometido por cuestiones familiares o laborales ha relajado su participación (o no ha participado en los debates previos, en la preparación de una acción o manifestación) y se incorpora, comparte alguna de las prácticas que he descrito como propias de la cultura del voluntariado. El elemento diferenciador es el modo. Una militante que ha pasado un tiempo sin participar, cuando se reincorpora lo hace con toda su trayectoria, con todo el saber-hacer (y redes sociales) acumulado a lo largo de su experiencia en el proceso. Por lo que, a pesar de acudir a una manifestación no estando en la organización, puede tomar la iniciativa (formando parte de la organización) en cualquier momento para gestionar un imprevisto (por ejemplo, ir a buscar el megáfono a donde está guardado, porque además, puede que tenga copia de la llave del local donde se guarda).
8 En la cultura de la colaboración no suele desarrollarse. Nunca o casi nunca con respecto a personas o grupos que pertenecen al movimiento. Cuando lo hace, se activa con respecto a los «grandes poderes fácticos», personajes políticos con amplias cotas de poder o con respecto a la sospecha de infiltrados y policía secreta.
9 Con independencia de que en multitud de ocasiones el proceso es forzado por determinados agentes colectivos y se consiguen deteriorar los marcos democráticos necesarios para el desarrollo de buenas asambleas. Estoy relatando situaciones donde verdaderamente la sospecha no tiene fundamento u opera sobre distorsiones y errores interpretativos.
10 Por diversos motivos. Hay que tener en cuenta también que las fechas del desarrollo de la acampada coincide con los exámenes universitarios de junio y muchos y muchas no se presentarán a los primeros exámenes pero, poco a poco, compatibilizar la acampada con el estudio de alguna que otra materia iba resultando imposible.

Somos chusma, marabunta, gentío, populacho

Somos chusma, marabunta, gentío, populacho; movimiento, libertad y solidaridad. También dignidad.

Abro lachusmera con la intención de dialogar, discutir, razonar y divulgar (también despotricar, pues a veces resulta inevitable, así que ¿por qué no reconocerlo de inmediato?).

Movimientos sociales, ciencias sociales críticas y mucho feminismo. Estas son las coordenadas. Sin mapa ni caminos previos.

Bienvenidas y bienvenidos, lachusmera a su disposición.